Pepe Mel ha evolucionado bastante como técnico. Es un hecho
palpable. Aquel entrenador que llegó a un solar en 2010, y tuvo que ponerse al
mando de demasiadas cosas para devolverle al Betis una estabilidad deportiva,
no existe. El que hay ahora se le parece. Pero sólo eso. Aquel entrenador no
tenía miedo. Se defendía con una lanza, pero no con un escudo. Llegaba a
Heliópolis como aire fresco, con todo lo puro que conlleva arribar a un sitio
nuevo (aunque ya lo hubiera hecho antes como jugador), y se lanzaba al vacío si
la situación lo requería sin preguntar antes.
Descarado, divertido, valiente, casi kamikaze en algunas
ocasiones. Así era el Pepe Mel de 2010 y sus primeros años en Sevilla. Hasta
que llegó fracaso de 2013. Y eso que no le pertenecía el mayor cargo de las
culpas sobre la desastrosa temporada del equipo que, con unos ridículos 25
puntos, caía al pozo de la Segunda división. El mazazo para el madrileño fue
como si se le cayera el piano del anuncio de George Clooney encima. Lo habían
despedido de 'su' club, aquel que levantó prácticamente solo tres años atrás.
Aquel que consiguió meter en Europa y en el que esperaba estar muchos años. El
sueño se había hecho añicos en un momento. Pese a que la afición le cantaba y
coreaba su nombre, lo cierto es que tocaba coger las maletas para dejar atrás
su casa.
Como un psicoanalista diría, es ahí donde reside el
problema. Ese es el origen de todo. Sólo un año después lo llaman para volver a
rescatar al club. Y ahí que va Pepe Mel. Y asciende de nuevo al equipo. Y
además, relativamente fácil. Pero ya no es lo mismo. Ya no es el entrenador
valiente de 2010. El miedo le recorre las venas. Y se percibe en todas sus declaraciones y
alineaciones. En sus cambios, de los que él mismo se culpa asumiendo errores.
Todo por el miedo al fracaso. La responsabilidad es brutal y la presión
inaguantable. Y la división de la afición es notoria. Pero, a pesar de todo, y
en su vuelta a la máxima categoría, hace una primera vuelta notable en cuanto a
resultados. Pero ya no es lo mismo. Ahora es el miedo quien se apodera del
entrenador. El miedo al fracaso.
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